miércoles, 14 de octubre de 2009

SUBLIME MANZANARES


Manzanares cuajó una gran obra al sexto, un toro bien puesto de Salvador Domecq y con tanto temple como fuerzas justas. Pero José Mari esculpió una obra de belleza altísima a base de cincel y mimo, de aguantar al animal, de mucho pulso y de torear a cámara lenta.
Al toro lo lidió con temple Juan José Trujillo, y ya entonces el de Salvador Domecq cantó lo que llevaba. La duda estaba en cuánto aguantaría. Y aguantó. Manzanares le dio aire y sitio en las primeras series, por arriba, para que se afianzase. Y a partir de ahí, sinfonía levantina, que la hubo en do mayor sobre la mano diestra, con muletazos cadenciosos, enganchados con los vuelos, a compás, compuesta la figura y con innato sentido del temple y empaque. Un privilegio al alcance de muy pocos.
Las pausas entre las series fueron clave, como también la forma de cargar la suerte, de asentar los riñones, de pasárselo por la bragueta y de manejar las muñecas con mimo. La fiesta fue continua, con menos intensidad al natural, aunque ahí llegaron dos o tres muletazos perfectos.
Y el broche de cambiados, de cierre por bajo, y alguno de pecho colosal. No remató con la espada con la suficiencia habitual. Más de media, pero arriba y en el hoyo. Dobló el toro. Y entonces el presidente volvió a hacer de las suyas. Cagarla, vamos. Una obra así era de dos, sí o sí.

FUENTE: BURLADERO.COM

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