viernes, 11 de marzo de 2016

El campo se va a Sevilla.






El campo se ha despertado
soñando con la Giralda,
y un sol nuevo va naciendo

al calor de la mañana.
Los rayos del lubricán
rompen la noche cerrada
como un potro que galopa
por los cuchillos del alba.

La vega se despereza.
Por campiñas y besanas,
la luz ya va adivinando
siluetas de cal blanca.
De toda la Sierra Norte
hasta Écija la llana,
de Constantina hasta Utrera,
de Morón a Dos Hermanas,
de Lebrija a Los Palacios
y de Coria hasta Aznalcázar,
haciendas olivareras
y cortijos se preparan
siguiendo la tradición
que el almanaque les marca.



Se va el campo a la ciudad
y en el ambiente se palpa
algo que le hace distinto
y que le envuelve de magia.
Fuera, en el patio, los coches
con sumo mimo se sacan
como es costumbre en el hierro
y divisa de la Casa.

Ya están listos los borlajes,
los atuendos, las polainas,
el catite del cochero
o el sombrero de ala ancha.

Todo queda reluciente.
Si ayer se limpió la plata
de los ciriales del palio
para la Semana Santa,
ahora brillan los arreos,
arneses y cabezadas.
Con qué cuidado se limpian,
con qué paciencia se engrasan.

Desde que quiebran albores,
a la hora más temprana,
lacayos, caballiceros,
junto a los mozos de cuadra
van dejando todo listo
para la cita soñada.

Los caballos, relucientes,
en las argollas se amarran
para dejarles las crines
y las colas bien trenzadas.

La bruza junto al cepillo,
la rasqueta o la almohaza,
se cogen del guadarnés
y con esmero trabajan.

Todo está ya deslumbrante,
brillantes las cabezadas
y queda ultimado el coche
de pintura repasada.

Ya se cargan los caballos.
Se pone el transporte en marcha
con el pensamiento puesto
en el ruedo de la plaza
mientras relinchan, celosas,
las yeguas de la piara.

Qué solitario el cortijo,
qué solas quedan las cuadras.
Que el campo se va a Sevilla
soñando con la Giralda.

En terrenos de la Feria
se para y se desembarca.

Tras de un año el mismo rito,
ya se atalaja y se engancha:
Manoplillos, balancines,
cejaderos, entremantas,
pasatirantes, testeras,
botariles y retrancas,
batibila y gruperín,
frontaleras y cucardas.
Los unos botos camperos,
los otros con botas altas,
unos con chaqueta corta
y otros levita británica.

Todo tiene su por qué.
Todo tiene su enseñanza,
si a la inglesa o calesera…
¡Depende como se vaya!

Todo impecable y a punto,
¡como lo cánones mandan!,
reglas que no están escritas
pero que son heredadas,
y el coche es un monumento
de distinción y elegancia.

De Adriano a Antonia Díaz
los cuatro potros se amansan,
pero ya al doblar por Iris
la cuesta es tan complicada
que no se ven los de alante
en el giro de la entrada
y son ellos los que tiran
orgullosos de su raza.

Vamos “pa´lante” cochero,
que ya estamos en la plaza.
Dale a esos cuatro caballos
con valentía y con casta,
porque al asomar el coche
mientras que trotan y andan,
estás cruzando la puerta
donde la gloria se alcanza,
porque el albero es el cielo
de la Real Maestranza.



Autor: Rafael Peralta Revuelta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada